Yemen: el «tapón» de poder regional en Medio Oriente
Yemen: el «tapón» de poder regional en Medio Oriente

Yemen: el «tapón» de poder regional en Medio Oriente

Según el diplomático español Javier Puga, hay relaciones evidentes entre Yemen y Bolivia.

En su libro Arabia Feliz (2010), remarca lo siguiente: «Bolivia fue durante mucho tiempo, el país más pobre de Sudamérica, del mismo modo que Yemen lo es del mundo árabe”. Dice haber observado en ambos “la misma desolación, las mismas luces tímidas”. A estos parecidos desafortunados, habría que añadirle uno más, uno geopolítico: ser un Estado “tapón”.

Cada región del mundo tiene una configuración de poder particular y unos modelos de autoridad propios de la experiencia política atravesada. Sin embargo, hay patrones que se repiten. Uno de ellos, por ejemplo, es la doble concepción de la geopolítica según el tipo de Estado.

Para los Estados potencia, la geopolítica tiene que ver con las posibilidades que existan para expandirse y empoderarse. Para el resto de Estados, la geopolítica tiene que ver con las posibilidades que existan para reducir sus vulnerabilidades frente a los Estados potencia.

Otro patrón, es el de los Estados Tapón. Cada región del mundo tiene Estados que cumplen o cumplieron este rol. Yemen y Bolivia son dos ejemplos de ello.

El Estado tapón es un concepto antiguo de la geopolítica que sirve para hablar de los Estados que se crearon o que se convirtieron en zona de contención y de equilibrio de poder. Estos Estados suelen encontrarse en medio de una disputa de poder entre potencias regionales, y sirven para “mantener el status quo” (Calderón, 2019). Sin embargo, no siempre se logra la función contenedora: “cuando la tensión de las potencias escala mucho, estos países tapón pasan de ser una barrera disuasoria a convertirse en un campo de batalla” (Laguna, 2021).

Yemen es un claro ejemplo de disputa terciarizada de poder regional: aquella entre Irán y Arabia Saudí. A pesar de solo ser frontera geográfica de este último, Yemen ha fungido como el muro de contención para evitar confrontaciones bélicas directas entre estos países, cuyo acercamiento mutuo, dicho sea de paso, podría verse mellado. Esto, en caso de que continuara la regionalización de la violencia en Medio Oriente, producto del genocidio en Palestina.

En cuanto a la disputa Irán – Arabia Saudí, la situación pasa por el apoyo militar y financiero que otorgan a las facciones enfrentadas internamente en Yemen. Los llamados “rebeldes Hutíes”, cuyo nombre real es Ansarullah, han sido capaces de controlar gran parte del actual territorio yemení, gracias al apoyo de Irán. Vale decir, por otro lado, que este grupo también debe sus victorias a la legitimidad ciudadana adquirida.

Respecto a esto último, el académico (y miembro del brazo político hutíe, Ansar Allah) Ahmed Moaiad, afirma que los hutíes obtienen apoyo popular debido a nunca haber tenido alianzas con Arabía Saudi.

Esta alianza con Arabia Saudí, por otro lado, es lo que mantiene a flote al gobierno institucionalmente instaurado. Abdo Hadi pudo gobernar parte de Yemen desde Arabia Saudí, hasta que entregó el poder a Rashah Al Alimini, del Consejo de Liderazgo Presidencial. Asimismo, la comunidad internacional sigue argumentando el reconocimiento de este gobierno como legítimo, debido a que son el producto de la transición política provocada por la salida del expresidente Saleh en 2011.

En ese entendido, Irán y Arabia Saudi están detrás de facciones con apoyo popular por un lado, y apoyo de la comunidad internacional por el otro. Esto se traduce en otorgación de armamento (producto de la venta de armas indiscriminada de las compañías a nivel global), desde distintos lugares y dirigidas a un solo lugar de disputa: Yemen.

Yemen se erige como la principal zona de tira y afloja entre Arabia Saudi e Irán. De no existir el descargo de tensiones a través de la disputa indirecta en Yemen, estas potencias (cuya geopolítica es la de buscar posibilidades de expansión), ya habrían desatado un desastre regional.

Esta dinámica no es particular de Medio Oriente, como se sugería al inicio, es mundial. Bélgica supo ser Estado tapón entre Francia y Alemania, Nepal lo sigue siendo entre China e India, y ahí también se encuentra Bolivia. El país sudamericano está ubicado geográficamente justo al centro del subcontinente, habiendo sido Estado tapón desde tiempos coloniales, mediando entre el Virreinato de La Plata y el Virreinato de Lima.

Asimismo, en tiempos republicanos, supo ser el pedazo a repartirse entre la conocida ABC (Argentina, Chile y Brasil). Según Murillo (2010), el equilibrio de poder latinoamericano se hubiera roto si alguno de los 3 países potencia terminaba por ocupar toda Bolivia (aunque lograron repartirse la mitad), generando una ventaja competitiva inalcanzable para el resto. Esta dinámica los habría llevado a crear un pacto implícito de no agresión a Bolivia como fórmula para mantener dicho equilibrio.

Esto último es lo que podría salvar a Yemen de ser zona canalizadora del balance de liderazgos en Medio Oriente. Tal vez, pasada esta etapa ultra violenta en la región (como sucedió en sudamérica), ambas potencias comprendan lo que implica desestabilizar a Yemen: desechar una de las pocas opciones de pacto implícito de no agresión mutua. Estos pactos implícitos son la única vía realista de pacificación, pues, los pactos explícitos, muy probablemente, no vayan a cumplirse.

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